El pueblo y su entorno

Hiendelaencina se encuentra en el extremo nororiental del Sistema Central en su punto de encuentro con la Cordillera Ibérica.  Está enclavada en el Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara que se extiende por el noroeste de la provincia de Guadalajara con una extensión de 117.898 donde se encuentran el Hayedo de Tejera Negra (uno de los hayedos más al sur de la Península Ibérica), el Macizo del Pico del Lobo-Cebollera (Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA)), la sierra de Ayllón declarado Lugar de Importancia Comunitaria (LIC), la Reserva Nacional de Caza del Sonsaz y la Reserva Fluvial del río Pelagallinas.

Por sus características geomorfológicas es un territorio duro, abrupto y seco, con una vegetación de robles melojos, encinas y arbustos como tomillos, rosales silvestres y jaras, que resiste las inclemencias climáticas de inviernos fríos y veranos calurosos (clima continental seco) y vegetación de ribera, sauces y chopos en las orillas de los ríos y arroyos.


Su paisaje se completa con las transformaciones derivadas de la agricultura, ganadería y de la minería. Labrantíos dedicados antaño al cultivo del cereal, pequeños huertos en el fondo de los valles con cercados de piedra, que en las cercanías del pueblo, son los únicos que actualmente se cultivan. Estos cercados alternan grandes lajas de piedra clavadas en la tierra (hincaderas) con pequeños muros de piedra que pueden alcanzar hasta los 50 cm, y permiten descubrir el duro trabajo de antaño.


La ganadería de  ovejas o cabras han pastado por las zonas más pendientes  de su territorio. Todavía podemos encontrar muchas casillas en uso (llamadas tainas o parideras y declaradas BIC (Bien de Interés Cultural) para guardar el ganado  con sus rediles o corrales, realizadas con la piedra del lugar y con las mismas características arquitectónicas que encontramos en la zona más antigua del pueblo.


Cuando se descubre el yacimiento de plata en 1844, Hiendelaencina y su entorno sufren un cambio que modificará tanto su estructura urbana como su entorno rural.  La apertura y excavación de los pozos genera edificios para albergar la maquinaria, las oficinas, talleres, chimeneas y toda una serie de dependencias para llevar a cabo esta actividad. Además, el mineral extraído cubre parte de la superficie de cultivo creando grandes escombreras.

En el pueblo, la llegada de nuevos vecinos modifica la antigua estructura urbana: se extiende hacia el norte, buscando terrenos más llanos y próximos a las primeras explotaciones mineras de Santa Catalina, Suerte y Fortuna; las viviendas nuevas poseen dos o tres plantas y una ordenación más racional de sus fachadas y espacios. Destaca en especial su Plaza Mayor de 80x90 metros inusual en toda la serranía y donde se celebraba el mercado semanal y la iglesia de Santa Cecilia construida entre 1849 y 1851.  Sobre estas fechas viaja hasta Hiendelaencina el científico austríaco Heinrich Moritzs Willkomm que describe este proceso de cambio así:


 “Desde ese momento la situación de los habitantes de Hiendelaencina cambió. La rápida localización de las siguientes menas favoreció en poco tiempo la instalación de una gran cantidad de minas, así como el significativo contenido  de plata de la mena favoreció la instalación de una magnífica fábrica de amalgamación en el valle del Bornova. Algunos accionistas, como Órfila se asentaron en Hiendelaencina, y como las míseras chozas del pueblo no ofrecían un espacio habitable ni para ellos ni para los empleados de la mina, se construyeron nuevos edificios. De esta forma no sólo los habitantes de Hiendelaencina sino también los de los pueblos vecinos encontraron una ocupación duradera y remunerada, unos como mineros u obreros siderúrgicos, otros como braceros en la construcción, o como arrieros para el transporte del material de construcción, de los aperos, los minerales y de los alimentos. Junto  a las míseras chozas de gneis se levantaron pronto edificios espléndidos y es de esperar que dentro de una década, en estas calles estrechas, retorcidas y sucias, formadas por chozas bajas de piedra negra, discurran calles uniformes con edificios modernos, y que en lugar del antiguo pueblo mísero, se despliegue una respetable ciudad. Antiguamente había en esta meseta desierta una vida muy animada. En las calles del pueblo original apenas se podía andar de la cantidad de procesiones de animales de carga y de gente que iba y venía; en la parte de arriba del mismo, en el norte, se trabajaba en la construcción de una iglesia, que iba a llenar la parte aún vacía de una gran plaza regular. Enfrente de ésta se levanta una enorme posada, donde con mucho esfuerzo pude encontrar alojamiento; otra parte de la plaza esta decorada con la espléndida casa Órfila, que con sus alargadas hileras de ventanas y sus persianas verdes parece un palacio al lado de los minúsculas chozas de gneis”.